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miércoles 22 de febrero de 2017

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Columnistas

De rock y viajes: fortalecer la plaza

Neuquén va a entrar en la historia

Navegando por mares internéticos sin un rumbo demasiado marcado, más bien perdiendo el tiempo en redes, descubro que durante tres días de octubre, en el creciente otoño anglosajón, se va a realizar un megafestival con la presencia de los mejores sobrevivientes del selecto grupo de rockeros más grandes de todos los tiempos. En tres noches consecutivas en suelo californiano van a pasar por el mismo escenario los Rolling Stones, Bob Dylan, Paul Mc Cartney, Neil Young, Roger Waters, y The Who, y sin grillas confirmadas se espera un centenar de bandas de segunda línea mundial que seguramente completarán un encuentro maravilloso.

 

Se trata de Desert Trip, una especie de convención nueva, en la tierra de Coachrella, el ícono festivalero del universo rockero. Su anuncio impactó fuerte en redes y varios nos animamos a delirar un mensaje en grupo de amigos whatspperos, compartiendo el afiche y sugiriendo un irreal “Che, ¿nos mandamos?” y generando una catarata de especulaciones ambiciosas de cómo armaríamos el potencial viaje. “Si vamos, nos quedamos veinte días y bajamos a México… una amiga estuvo hace poco y dice que el tramo Cancún – La Habana está muy barato, podríamos tratar de volver desde Cuba”.

¿Habrá algo más divertido en la vida de un rutinario trabajador que soñar viajes sabiendo que no los hará? Pero pensándolo con los pies en la Tierra, ¿por qué no hacerlos? Conocer nuevos lugares es siempre nutritivo para la sensibilidad, inteligencia, y para el poder de imaginación. Viajar, aunque sea dentro del campo de los sueños, es necesariamente algo creativo. Hay que armar rutinas, y por supuesto, rellenar horas, días, minutos, con actividades e itinerarios. “¿Y si arrancamos por acá?”, le pregunto a mi otro yo autodestructivo, a ese que me boicotea mis más irrealizables planes para contarme que mañana me levanto tarde para ir a trabajar sin desayunar. “¿Cómo por acá? Acá trabajás, acá vivís, acá no pasa nada, acá tu humor es ese que te conocemos, cabrón” me contesta poco amigable ese otro yo agresivo que me habita.

Entonces me vuelvo a enojar, con la facilidad de Messi gambeteando patadas, y preparo mi jaque mate. Se puede pensar en un viaje rockero, que incluya Neuquén en agosto, y que sirva para asesoramiento de amigotes de otras partes. Porque en ese mes el Estadio Ruca Che va a recibir y ser protagonista de, casi con seguridad, el momento artísticomusicocultural más relevante de nuestra historia local: doblete de Megadeth, uno de los cuatro gigantes del trash metal. “Eso sólo le importa a los metaleros”, me torea el enemigo que soy, y estrujo mis argumentos para liquidarlo. Que una banda del tamaño histórico de la del colorado Dave Mustaine toque a veinte cuadras de mi casa me llena de emoción, aún sin tenerla en el pedestal de mi favoritismo.

No quiero caer en la biografía archiconocida de Megadeth contando el despecho de Mustaine tras su salida de Metallica, ni entrar en la eterna discusión sobre los grandes del Trash con los liderados por Hetfield, más Slayer y Anthrax. No tendría sentirlo pisar ese palo. Pero hay que afirmar siempre que Megadeth es una banda monstruo, aplastante, de las más emblemáticas del mundo, y que marcó a varias generaciones de público argentino. Por eso vuelven prácticamente cada año, claro, pero por eso mismo siempre queremos que vuelvan. Desde hace algunos años, la ciudad de Córdoba, bella e histórica, se transformo en la parada casi obligatoria de las bandas internacionales en gira, a modo de complemento o anexo de sus obvias presentaciones en Buenos Aires o, ahora, La Plata. “¿Entendés que el hecho de que toque Megadeth en Neuquén es grosísimo, marca un quiebre en la historia de la ciudad como plaza? ¿Te entra en la cabeza o te hago un dibujo, payaso?” me enojo contra mi otro y espero definitivamente haber ganado la batalla haciéndolo recapacitar sobre todo lo que puede llegar a pasar después de estos conciertos, y de que salga todo maravillosamente lindo. Su silencio cómplice me infla el pecho y antes de que abra la boca le tiro en la cara los shows de BB King, Medeski Martin and Word, Living Colour, Arjona, Ricky Martin, Chayanne, Paco De Lucía, Serrat, Blades o quien se te ocurra. Que toque Megadeth en Neuquén es mucho más grande que eso. Que nuestra ciudad y su estadio basquetbolero sean los anfitriones supera a cualquier antecedente, y si querés seguí buscando nombres. Y tenemos fe al pensar que este es únicamente el primero de muchos

“¡Encima son dos fechas!” pienso antes de autopatearme en el piso, pero me apiado escuchando imaginariamente un riff rebotándome en el marote. La particularidad de estos recitales, por si faltara, consiste en ser Neuquén la única plaza en la cual se van a presentar en esta gira, siempre hablando de lo que los porteños llaman “el interior”. Por eso, se espera gente de todas partes, y personas que elijan la tranquilidad patagónica por sobre la locura capitalina. ¿Pero con qué combinar el viaje para aquellos que deseen moverse? Es agosto, pleno invierno de nuestra cordillera nevada, con los centros invernales trabajando a pleno. Por si alguien, incluso de países limítrofes, pretende venir a ver a Megadeth a mi ciudad y puede soñarlo símil delirio mío por Desert Trip, puede empezar a buscar por ahí.

También estamos a pasos de Mendoza y sus rutas de vino e historias, de la costa atlántica en su zona de ballenas como Península Valdez, de los rionegrinos Bariloche, El Bolsón y sus gastronomías llenas de cervezas artesanales. Es posible pensarlo así. Ok, no puedo ofrecerte a Roger Waters ni a los Who, pero proponerte e Megadeth no es poco. Los alrededores son geniales, y el show promete marcar historia. ¿Qué más necesitás?

Mi otredad estalla en llanto, me insulta porque no sabe perder. Nos vamos a reconciliar, pero no sé cuando. Quedarán los delirios californianos y el descenso latinamericano para otro momento, y si nos involucramos, vamos a ser parte de la historia. Aguante Megadeth, “larga vida a Megamuerte”.

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